Esta semana, pasé unos minutos tediosos tratando de pensar en una analogía que pudiera transmitir cuán vana me parece la declaración de esa asociación. Creo que logré encontrar una: imagina que un colega del trabajo lleva varios años robando tu almuerzo del refrigerador de la oficina. Un buen día, lo ves venir con una sonrisa de oreja a oreja, listo para hacer un gran anuncio. Puede que hasta saque un pergamino y espere al toque de trompetas. Resulta que se dio cuenta de que la “maximización del almuerzo” quizá no sea la mejor estrategia después de todo, así que ahora intentará tomar en cuenta las consecuencias de algunos de sus actos. Sí, todavía quiere robarse tu almuerzo. Sí, lo más probable es que todavía busque evadir cualquier medida que tomes para evitar que se lleve tu almuerzo. Pero también se siente un poco mal por su forma de actuar. Así que sin rencores, ¿verdad?

O sea, ¿esperan que les lancemos porras? Qué bueno que los directores ejecutivos hayan dicho que le van a dar vuelta a la página. Pero en su declaración no escuché ningún llamado a hacer cambios estructurales importantes en la economía estadounidense, a modificar la forma en que se regulan las empresas o se calculan sus impuestos, ni a la manera de pagarles a los funcionarios o a cómo se les debe juzgar.

Además, como la mayoría de los incentivos directos de las empresas que cotizan en bolsa (incluido el salario de los directores ejecutivos) siguen ligados al desempeño de las acciones, no hay razón para creer que las empresas dejarán de preocuparse solo por las ganancias de los accionistas, a pesar de sus nuevos ideales de moral tan elevada. De hecho, las fanfarrias que hicieron sonar por el vano anuncio de Business Roundtable podrían interpretarse como una estrategia para mantener a raya cualquier reforma económica estructural en vez de acelerarla. Es su manera de decirnos que están al tanto, así que no debemos recurrir a alguna medida inconcebible, como poner en la presidencia a Warren.

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Si mis palabras son de desconfianza, solo es porque, hasta eso, no soy tan estúpido. En la era de Trump, los directores ejecutivos estadounidenses han perfeccionado el arte de decir cosas totalmente opuestas según con quien hablen. No perderán la oportunidad de demostrar sus virtudes denunciando el escándalo más reciente del presidente Trump para dejar contentos a sus clientes incansables y con conciencia social, mientras que, por debajo del agua, apoyarán sus recortes fiscales y su proyecto de desregulación. Ya si el presidente se pone desafiante, lo invitarán a una cena amistosa para decirle que mejor le pare.

Todo es cosa de juego para los magnates que están a cargo. Su mayor temor es que los demás dejemos de jugar con ellos.

Farhad Manjoo es columnista de Opinión de The New York Times desde 2018. Antes, escribía la columna sobre tecnología State of the Art y escribió True Enough: Learning to Live in a Post-Fact Society. @fmanjoo




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